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EL RECUERDO IMBORRABLE DE MALVINAS: LA HISTORIA DE RUBÉN PONCE DE LEÓN

El relato en primera persona de un soldado enviado a la guerra con la única instrucción de haber realizado 5 disparos.

A 42 años del conflicto en el Atlántico Sur, Rubén Ponce de León, excombatiente de Malvinas, comparte su testimonio sobre la guerra que marcó su vida y la de miles de jóvenes argentinos. Con la voz cargada de recuerdos, nos transporta a aquellos días de incertidumbre, miedo y sacrificio.

De la instrucción básica a la guerra

Rubén, hoy con 63 años y residente en Mercedes, Corrientes, fue enviado a la guerra antes de los 20. Con solo 45 días de entrenamiento en el servicio militar obligatorio, recibió la noticia de que sería desplegado al sur. «Nos dijeron que íbamos a proteger el sur de Chile, pero terminamos en Malvinas», recuerda. Con apenas cinco disparos de entrenamiento, él y sus compañeros fueron enviados al frente de batalla.

Rubén, con 45 días de reclutamiento fue enviado a la guerra.
Rubén, con 45 días de reclutamiento fue enviado a la guerra.

La llegada a Malvinas y el desafío del clima

El viaje fue un vaivén de escalas hasta que, una noche, fueron transportados a las Islas sin previo aviso. «Fue una sorpresa», dice Rubén. Al llegar, el clima los golpeó de inmediato: «Nos recibió una nevada. Un compañero incluso dijo: ‘Cómo llueve hielo aquí'». Para los soldados provenientes de zonas cálidas, el frío se convirtió en un enemigo tan letal como el propio conflicto.

Los soldados se alojaban en pozos de zorro cavados en la turba húmeda, donde también descansaban y combatían. «Vivíamos mojados, con hambre y con frío», cuenta Rubén. La alimentación era precaria: «Un mate cocido frío por la mañana y un almuerzo-cena en la tarde». La falta de abrigo y el desgaste físico hicieron estragos en su salud. «Cuando caí prisionero, pesaba 48 kilos», relató.

A pesar de la adversidad, la camaradería era fundamental. «Todos pasábamos lo mismo, pero los soldados de la clase ’62 estaban mejor preparados que nosotros, los del ’63». Sin embargo, la relación con los superiores no siempre fue buena. «A veces nos castigaban por quedarnos dormidos en la guardia o por intentar secarnos los pies».

El horror del combate

El momento más difícil de la guerra llegó con la batalla de Darwin y Ganso Verde, un enfrentamiento feroz que duró dos días. «No sé de dónde sacábamos fuerzas, pero luchamos con todo», recuerda Rubén. Su regimiento sufrió 35 bajas y decenas de heridos. «Tener un compañero herido al lado y no poder hacer nada… Solo podíamos hablarle para que no se duerma». La cruda realidad los obligó a utilizar los cuerpos de los caídos como protección contra los disparos enemigos.

El aislamiento y la rendición

La comunicación con sus familias era nula. «Solo recibíamos cartas, pero las encomiendas con abrigo y comida nunca llegaban». La guerra terminó y Rubén fue tomado prisionero. «Los ingleses no podían creer que chicos de 18 y 19 años les hubieran hecho frente durante dos días». En el campo de concentración, su salud se deterioró hasta quedar inconsciente por varios días debido a la desnutrición.

Cicatrices imborrables

Hoy, Rubén sigue sufriendo secuelas físicas y emocionales de la guerra. «El invierno para mí es lo peor; tengo problemas de circulación y artrosis». Sin embargo, su testimonio es un recordatorio de la valentía y el sacrificio de los soldados argentinos en Malvinas.

El regreso y la posguerra

El 29 de mayo de 1982, día del Ejército Argentino, Rubén y sus compañeros se encontraron con la noticia de que eran prisioneros de guerra. Fueron trasladados al campo de concentración en el Estrecho de San Carlos, organizado por los británicos. «Tuvimos miedo de que nos hicieran algo, no éramos bien vistos por ellos», recordó.

Al regresar al continente, la situación no fue fácil. «No me acuerdo mucho porque tuve un problema de salud en el campo de concentración, perdí la conciencia. Cuando desperté, estaba en el Canberra, un buque hospital británico». Luego, fue trasladado en el buque Norland a Montevideo y, finalmente, al continente.

Pero volver no significó el fin del conflicto interno. «Las noches eran lo peor», confiesa. «Gritaba, me caía de la cama. Me hice tratar con la Junta América Militar, que me diagnosticó con un 47% de discapacidad psiquiátrica». Con el tiempo, debió jubilarse por problemas de salud mental y hoy depende de medicamentos para sobrellevar su vida cotidiana.

Memoria y reconocimiento

A pesar del tiempo transcurrido, la guerra sigue siendo una cicatriz abierta y le pesa como una cruz, «Hoy participé en los actos en las escuelas y me emocioné mucho” contó al tiempo que entre sollozos recordó “Mi pueblo me vio partir y regresar, pero ya no era el mismo».

El reconocimiento a los veteranos es un tema pendiente. «El Estado nos debe un reconocimiento. Tenemos causas judiciales en curso por los maltratos que sufrimos durante la guerra. Yo, por ejemplo, fui castigado y me quitaron la comida”, contó y recordó que para sobrellevar el hambre llegó a alimentarse con pasta de dientes.

Sobre su experiencia, Rubén enfatizó la importancia de que los jóvenes conozcan la historia. «Pasé los peores momentos de mi vida en Malvinas. No estábamos preparados para la guerra. Nos mandaron, no lo elegimos».

El significado de Malvinas

Para Rubén, la frase «Las Malvinas son argentinas» encierra un profundo significado. «Es lo más grande. Hace unos años tuve la oportunidad de volver. Recorrí los lugares donde pasé los peores momentos de mi vida y llevé un rosario al cementerio de Darwin».

Rubén pudo regresar a Darwin.
Rubén pudo regresar a Darwin.

El presente sigue siendo una lucha. «Esperamos un resarcimiento económico y un reconocimiento histórico. Es una cruz pesada que llevo. Hoy, cuando hablo en las escuelas, lloro como un niño».

A pesar de todo, Rubén no se calla. Su testimonio es un recordatorio vivo de una historia que no debe olvidarse. «Que nadie tenga que pasar por lo que pasamos nosotros», concluyó.

Fuente: Radio Libre

 

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